Ellas x Ellas



Existen evidencias de conducta de tipo masculino entre las lesbianas cuando eran niñas. Según el Manual de Sexología Humana, las lesbianas como colectivo, más que las mujeres heterosexuales, decían haber sido “marimachos”. Preferían los juegos violentos a jugar con muñecas, y vestir ropa de chicos antes que bonitos vestidos, aunque también es cierto que no todas las lesbianas han tenido conductas masculinas, ni de pequeñas ni de mayores, ya que cada vez hay más lesbianas femeninas.


Pero… ¿Cómo es el sexo entre mujeres?, ¿Cambia mucho al de un hombre con una mujer? Más de la mitad de las entrevistadas contestan con un sí rotundo. Todas hemos oído la frase que dicen muy a menudo los homosexuales, “Si lo pruebas, repites.” ¿Será este el motivo del tráfico que existe a la salida del armario? A pesar de esto, Yaiza Martínez especifica que “el sexo cambia según con la persona que hagas el amor”, es decir, por una parte, el sexo “es más sensual si practicas unos preliminares eternos”, pero a fin de cuentas, según Martínez, “depende de la pareja, es más sensual si quieres, porque siempre mola sacar un lado más salvaje y no hacerlo tan monótono, ya que existen mil juguetes para no caer en la rutina del sexo oral”.

Inés García, por ejemplo, opina que el sexo entre dos chicas es más suave, “no es tan acelerado como hacerlo con un chico”. Natalia Vilaplana, por su parte, quiere destacar la enorme diferencia que existe entre practicar sexo lésbico o sexo con un hombre. “En el sexo lésbico es todo más sensual, más intenso y más cariñoso, mientras que el sexo con un hombre es básicamente centrarse en la penetración, más forzado, más irracional”. “Exacto, nosotras en nuestras relaciones sexuales jugamos mucho con el tacto, las caricias y las masturbaciones propias”, le amplía Inés García. Ninguna de las entrevistadas esconde su homosexualidad. “No lo oculto, pero no me gusta proclamarlo, los heterosexuales no lo hacen, ¿por qué nosotras si?”, se cuestiona Natalia.

Salir del armario

La aceptación propia o la manifestación de la sexualidad son dos partes muy importantes que se agrupan a la expresión tan generalizada “salir del armario”. Es por ello por lo que se necesita un tratamiento individual de cada parte. Saber quien eres, vivir de acuerdo con lo que eres y sientes y no tener miedo de lo que puedan pensar los demás sobre tu modo de vivir la vida. Estas serían las fases que definen esta expresión.

Aceptarse a uno mismo sería el primer paso, seguido del momento en que se cuenta por primera vez a alguien de confianza, y por último, y más importante, aceptarse socialmente. Una chica puede considerarse lesbiana pero no decírselo a nadie, y no por ello deja de serlo, sino simplemente no se siente segura de salir y lanzarse a la sociedad. Muchas chicas afirman que no lo ocultan, pero tampoco lo proclaman, igual que los heterosexuales no lo hacen tampoco. Aún así, poco a poco, parece que las chicas van saliendo de ese armario que la misma sociedad les ha puesto alrededor.


Aprendiendo de todos

“Todo empezó cuando cumplí los 17 años. Antes de esto yo era una chica bastante rara. Durante mi adolescencia defendía siempre a los partidos de derecha, llegando a insultar y excluir del grupo a personas que pensaban diferente, sobre todo en el tema de la homosexualidad. No los toleraba y tampoco a los que los defendían. Pensaba realmente que la homosexualidad era una enfermedad. Pero un buen día, noté que algo pasó en mi cabeza y en mi cuerpo. Observé que cada vez que veía a mi amiga me ponía nerviosa y sentía un hormigueo en el estómago. Entonces me bloqueé. Se desmontaron todos mis esquemas. Lo que sentía por esa amiga no era normal.

Estuve varios días intentando que no se me notase nada extraño. Intentaba convencerme de que me estaba equivocando, hasta que un día no pude aguantar más y le conté a mi hermana lo que sentía. Ella me dijo que eso era amor. Me había enamorado de una chica. ¡Era lesbiana! No me lo podía creer, pero tampoco podía luchar contra lo que sentía. Y de este modo tomé fuerzas y valor. Logré dejar todos esos prejuicios fuera y se lo dije. Pero lo más fuerte de todo es que ella respondió que sentía lo mismo por mí.

Dos personas que siempre discutían por el tema de la homosexualidad. Discutíamos a rabiar, casi hasta el punto de pegarnos, aunque nunca llegamos a esos extremos. ¡Y al final resulta que estábamos enamoradas!
De este modo empezamos a salir. Siempre lo hacíamos a escondidas porque yo no me atrevía a decírselo a mis padres. Me daba mucha vergüenza que la gente nos viese por la calle. Ella era más liberal. Pero yo tenía muchas dudas y miedos porque había pasado de criticar una postura o una condición a formar parte de ella. Hasta que llegó el día en que me abrieron las puertas del armario a la fuerza y me sacaron de golpe.

Estábamos mi novia y yo en el sofá de mi casa muy acarameladitas, besándonos, cuando alcé la vista y vi que estaba mi madre en la puerta con la boca abierta de par en par y una cara de espanto y de sorpresa que nunca olvidaré. Se me cayó el mundo encima. Mi madre cerró la puerta y se montó en el coche con la intención de ir a informar a mi padre. Mientras, a mí, lo único que se me ocurrió en ese instante fue decirle: “¡Mamá, esto no es lo que parece!” Ella respondió: “¿Y qué es?” Yo le contesté: “Le estaba pasando un chicle”. En ese instante, ella cerró la ventanilla del coche y se fue directa a la oficina de mi padre a contárselo todo.

Me quedé en casa muerta de miedo por la reacción de mi padre. No sabía cual iba a ser, pero me la imaginaba. Mientras tanto mi novia me intentó animar diciéndome que ya que a mí me habían pillado, que ella iba a ir a su casa también a contarlo. ¡Era lo que me faltaba! Yo esperaba la llegada de mi padre. No sabía qué decir ni cómo explicarle todo lo que me estaba pasando, y finalmente llegó. Una llamada con voz firme y algo enfadada sonó por la escalera. Mi padre me miró con bastante cara de decepción y enfado y me preguntó. “¿Carne o pescado?” Yo no sabía qué responder. Pero al final le expliqué lo que me estaba pasando. Les dije que me surgieron unos sentimientos y no podía luchar contra ellos. Les dije que no me había enamorado de un sexo, sino de una personalidad. Mi padre pensativo me dijo: “Hija, un padre siempre quiere la felicidad de su hija y si tú eres feliz así yo te voy a seguir queriendo igual.” Sólo me pidió que al igual que el había hecho un esfuerzo por comprenderme y tolerarme en contra de su educación y su forma de pensar, que yo también le respetase a él y guardase la compostura. Mi familia me supo comprender y respetar perfectamente y creo que fue una lección más en la vida. Para mi padre y para mi.”.

CLARA MARTÍNEZ

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...